Palabras

Cristina tiene el poder de alcanzarme con cada una de sus palabras. Cristina siente en voz alta y puede convertir cualquiera de sus conversaciones interminables en un viaje de esas palabras que al salir de su boca se arremolinan en su interminable nariz y caen impetuosas por alguna bufanda de colores estridentes e imposibles texturas, y saltan desde la cinta que ajusta sus pantalones al zapato que les da un puntapié, y las arroja por la ventana de algún balcón maltés al viento caliente de las siestas de verano, que arrastra, entre hojas y polvo viejo, las palabras de Cristina por adoquines rotos y calles sin acabar, soplando hasta alcanzar alturas insospechadas, como la punta inerte de aquel faro y el mástil de los pesqueros que alguna vez llevan cartas, y sin contemplar siquiera la paciencia hacia aquellos nobles navíos, arrojarse las palabras por la proa al mar y planear a veces, nadar también, incesantes por millas de mar bravo e inexplorado, y esquivando buques y lanchas costeras alcanzar a envolverse, zigzagueando, en los maderos que sujetan el pequeño puerto de palos, y trepar por las patas de la silla que traigo hasta aquí cada mañana, Cristina, y sentado en esta silla espero a que tus palabras me alcancen, y me trepen y me envuelvan.

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