Juan

Bebemos vino y hacemos el amor completamente borrachos. El ritmo de nuestros cuerpos es lento, como si en ese estado de tambaleante conciencia, el deseo fuese más agradable paulatinamente, entrando y saliendo su amor de mi esencia sin preguntas, sin vergüenzas. Juan toma impulso y yo lo recibo sedienta, mis manos bien sujetas a su espalda mantienen firme mi pecho contra el suyo, para no perderme detalle alguno de sus trayectorias. Es un solo cuerpo temblando al ritmo de una sed que se resiste a cualquier placebo, una sed que sólo concibe el tenerte dentro mío. Me encanta que te muevas así, Juan, no pares. Te lo pido susurrando, te pido así las cosas que quieras escuchar; el resto del tiempo hay una sola mirada en la que no hace falta escribir ninguna palabra. Abrazando tu cuerpo con mis piernas, tus ojos leen el deseo que va y viene por mi lengua, por tus labios, por mi vientre. Así, Juan, sigue así y no pares; cuando hundo mis manos en tu pelo y te pido que no pares, no hay cama ni habitación que nos contenga, el mundo deja de existir y se disuelve en una borrosa figura de dolor y placer. Como si adivinaras la imagen exacta que aparece en mis fantasías, como si lleváramos años encontrándonos por primera vez, no pares, Juan, hasta que mi cuerpo se apague por un segundo, hasta que mi cuerpo muera en un instante ahogado.

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