Una historia de amor – J

J apareció en el momento más hippie de mi vida, en el que me dedicaba a arrastrar un pantalón de lino rojo por las calles de Lavapies, el guetto de Madrid, el punto de reunión de todos los inmigrantes, extranjeros y españoles bolcheviques que dedican sus días a dormir y sus noches a tocar la guitarra, tomar cerveza y fumar porros sin mesura, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol.

En mis primeros meses en Madrid salíamos todas las noches con Audrey, mi compañera de piso francesa, quién me presentó a sus amigos, un eterno montón de dementes que se juntaba siempre en el mismo banco (mejor conocido como “La Banca”) a cantar hasta que los vecinos se cansaban de los alaridos y tiraban baldazos de agua fría por sus ventanas (de los cuales uno, una vez, llegó a alcanzarme y dejarme sopa).

¡Oh, qué hippies éramos y que poco nos importaba el talle del pantalón y la limpieza del pelo, qué preocupados estábamos por la despenalización de la marihuana, la legalización de la okupación y las manifestaciones por los derechos de las mujeres! ¡Qué ideales, qué valores, qué futuro le esperaba a las generaciones que nos sucederían! Aunque el alcohol hubiera matádonos mediante violenta cirrosis, igual se habría luchado, todos los grandes mueren jóvenes y nosotros íbamos a cambiar el mundo. Aunque sería correcto hablar en pasado sólo de mi persona, y es que el resto de los habitantes de ese mundo sigue siendo y haciendo lo mismo y la que siguió un camino distinto fui yo; aunque hay historias que, involuntariamente, se arrastran.

Con J nos cruzamos una noche en la plaza de Lavapies y en un momento de mi vida en el que algunos amigos habían logrado convencerme de que el atractivo físico no lo es todo en esta vida, y habían conseguido convencerme también de que si un hombre no me gusta físicamente, tenía que darme/le la oportunidad de conocerlo mejor, porque dentro de ese cuerpo sin mayores atractivos podía estar escondida mi media naranja; y yo que siempre ando buscando el amor -aunque me avergüence reconocerme una proyección de la auténtica mujer en busca de cariño allí donde pueda haberlo- tenía las puertas del corazón abiertas. Y en ese momento exacto apareció este mexicano desorientado entre tanto porrón y hachís y que, con la excusa de un pseudo ataque a los argentinos que disfrazados de instructores de esquí invaden el mundo y se llevan las mejores mujeres, se quedó hablando conmigo. Mientras cada noche yo (y de la manera más cursi) revivía mis raíces cantando “Carpas de Salta” siempre que un compatriota cordobés agarraba la guitarra y hacía la gauchada de entonarme los acordes, J pasaba por donde estábamos e intentaba sacarme tema de conversación e insistió hasta que le dí, si mal no recuerdo, mi email, y finalmente quedamos para tomar algo. J no me gustaba, pero me parecía gracioso y ahí empezó todo.

Llegó a nuestra primera cita en una terraza de plaza Santa Ana con dos libros chiquitos y uno más grande, los tres en los bolsillos del pantalón, que había sacado de no se dónde para regalarme y que tengo todavía por ahí. Hablamos un rato, tomamos algo y me acompañó a la puerta de casa. No recuerdo si fue después de la segunda cita, la cual, de haber existido, tampoco recuerdo como fue, que terminamos en mi casa y entonces sucedió lo inevitable… no sólo el amor no tocaría las puertas de mi corazón, ni había encontrado mi media naranja ni podría darle la razón a mis amigos sino que además, pasé una de las peores noches de sexo de mi vida. Podría dar detalles pero creo que hasta me da vergüenza. Vamos a dejarlo en que a la mañana siguiente tuve casi que echarlo, porque lo veía decidido a pasar en mi little room el resto de la eternidad y fue entonces que comprendí que yo no era tan hippie como pretendía ser, que los demás podrían decir lo que quisieran pero que la atracción física SÍ importa, y principalmente, entendí que tenía que sacarme a J de encima.

Habiendo aún acontecido lo fatídicamente sucedido, unos días después sucedió algo aún más fatídico y es que al serme imposible inventar excusas válidas para evitarlo, volvimos a vernos y me dijo todo aquello por lo que yo hubiera renunciado a cualquier corona con tal de no escuchar: que yo era lo mejor que le había pasado en los dos años que llevaba en España, que ese era su mejor verano, que ahora él sabía “que yo existía”, que se sentía realizado y feliz porque “yo” había llegado a su vida y una gran sarta de las cosas más absurdas que se le pueden decir a una persona con la que tuviste tu primer conversación coherente hace menos de 72 horas. J se declaró enamorado sin apenas conocerme y yo quería que lo tragara la tierra (a él, claro) y se lo llevara bien lejos.

Me tocó experimentar, entonces, eso que le pasa a algunos hombres cuando algunas mujeres nos enamoramos sin apenas conocerlos: les reventamos el teléfono a llamadas y mensajes justificándonos con los archi utilizados: “tal vez no tiene crédito”, “seguro que no escuchó el teléfono” y “no debe tener señal”, y nos aparecemos por su laburo y en los lugares que frecuenta y le hablamos por messenger y le mandamos zumbidos y le reenviamos todas las cadenas y también unos cuantos  mails y lo agregamos a facebook, al fotolog, a flickr, a twitter y a la cuenta de youtube y le mandamos fotos y videos y canciones y poemas y dibujos y lo invitamos a conciertos y a exposiciones y a cines y a obras de teatro hasta que al pobre sujeto no le quedan más opciones que mandarnos al mismísimo carajo. Así, pero sufrido en carne propia: todo lo que había podido ocurrírsele para “reconquistarme”. Claro que, lejos de funcionarle la estrategia, consiguió convertirse en un insufrible dolor de huevos. Hasta el día de hoy, habiendo pasado casi tres años desde entonces, pega eventualmente el pobre hombre inservibles manotazos de ahogado. Aunque debo reconocer que lleva varios meses sin aparecer, pero no quiero cantar victoria… a los sufridores nos encanta reincidir.

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9 pensamientos en “Una historia de amor – J

  1. Naty dice:

    IGUALITO a P… Sólo que aun no se como sacarmelo de encima

  2. nt dice:

    ignorelo !! aunque… no es fórmula segura del éxito, el silencio hoy en día está muy mal interpretado…

  3. Carlos dice:

    Por qué lo llamas “una historia de amor”?
    Salud

  4. Nano dice:

    pobre garufa, estoy con J

  5. nt dice:

    Carlos: el título intenta ser sarcástico… no lo es ?
    Nano: yo tb !!

  6. Nano dice:

    Tengo ganas de que escribas otro cuento

  7. nt dice:

    estoy en eso, estoy en eso !

  8. Carlos dice:

    Aggg, no puedo mantener tanto los prolegómenos… Aggg.
    Sí, lo es. Tan sarcástico que es de una crueldad exasperante. Mi dolorpropio me impedía verlo

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