Esperaba el momento en que Maxi llegara a casa, estaba segura de que lo que tenía para contarle no podía dejarlo indiferente. Me gusta tener en mi poder información que pueda generar en la gente algún tipo de reacción, de sorpresa a ser posible. Y en él más que en nadie, buscando sacudirle ese desdén por el cotilleo del que siempre me acusa abusar.
Había estado estudiando, además, de qué manera darle la noticia. Mis palabras debían salir de mi boca de forma tal que lo golpearan, con precisión y firmeza. Era un plan infalible. Sólo podía arruinarlo la posibilidad de que alguien pudiera contactarlo antes que yo, pero el único que sabía lo que había pasado era mi padre, y yo era la única que había hablado con él. Mi padre y mi hermano rara vez hablan.
Lo escuché abrir la puerta de casa y al entrar por la puerta de la cocina, le solté la pregunta.
¿Te acordas de Alfonso?¿El primo Alfonso?
Sí.
Se suicidó.
Triunfo total. Mi hermano habría de pasar varios eternos segundos aspirando el aire crudo de las terribles noticias, con la boca abierta, desconcertado e inmóvil. Me miró con ese gesto de incredulidad tan suyo que le frunce el ceño desde que era chiquito.
¿Se suicidó?¿Alfonso Alfonso? ¿El de Rosario de la Frontera? ¿El hermano de la Verónica? ¿Nuestro primo Alfonso?
Aunque todas las preguntas iban a desembocar en el mismo sí, Maxi necesitó hacerlas para masticar y tragar la información que acababa de soltarle, como a un animal al que se le arroja un enorme trozo de carne cruda. No es fácil generar en mi hermano una reacción tan cliché pero tan auténtica como la de dejarlo boquiabierto. Lo cierto es que no tuve ningún mérito más que haber recibido antes que él las noticias desde Argentina, pero eso ya es meritorio en sí; siempre soy la última en enterarme de todo. Pero esta vez lo había conseguido. Luego del estupor llegó el silencio del razonamiento, del cerebro conectando información en forma de recuerdos, intentando sacar conclusiones.
¿Pero cómo? ¿Dónde?
Y, no sé. No pregunté mucho.
¿Cuándo fue?
Lo encontraron el lunes, será que el pobre llevaba unas cuantas procesiones por dentro.
Alfonso era uno de los tres hijos de Josefina Hormigo, una tía lejana de parte de mi padre. Su familia vivía en un pueblo pequeño en el campo y nosotros en la capital, y nos habíamos visto algunas veces cuando venían a visitar a mis abuelos, y poco más. Se puede decir que el estilo de vida cosmopolita y moderno que llevábamos en la ciudad, era muy diferente al de los Hormigo, que habían pasado toda la vida en una finca entre gallinas y tabaco, y arrastraban con ellos un olor que les hubiera complicado la tarea de querer aparentar lo contrario. Mi madre, encarnada en sus zapatos azules y sus obligadas gotas de perfume importado en cuello, escote y muñecas, los miraba con una mezcla de horror y asco cada vez que se presentaban de visita.
Con los años los primos se fueron haciendo mayores y Alfonso, curioso por la vida de la ciudad, se dejaba caer algún fin de semana por casa. Esos días se transformaban en una diversión para nosotros. Eramos niños todavía los dos y al haber tenido muy poco contacto con la vida rural, el adolescente Alfonso nos resultaba un espécimen de lo más llamativo.
El primo era muy alto y desgarbado, portaba una gran nariz huesuda que destacaba en medio de una cara delgada y poco atractiva, y con sólo saludarlo se podía adivinar en él un carácter pueblerino, igualmente humilde, inocente y torpe. Aunque se podría decir que lo conocíamos muy poco, la noticia del suicidio no nos dejó indiferentes porque nadie podría haberlo imaginado. Siempre me ha parecido que las personas que se suicidan son aquellas que no encuentran su lugar en el caldo voraz y frugal de las grandes ciudades, pero Alfonso venía de un pueblito pequeño donde había tenido una vida de todo menos vertiginosa. ¿Qué motivos puede tener un chico de campo para querer morir?
Esa misma tarde volvimos a llamar a mi papá, que había vuelto del entierro. Quise hacer una broma sobre el tamaño del cajón pero me arrepentí a tiempo; el entierro se había vivido entre tristeza y desconcierto y él sí que estaba compungido. Problemas psicológicos, nos contó. Una depresión causada por una fobia a las picaduras de insectos, a las cuales era terriblemente alérgico y que le habían generado ya varios colapsos pulmonares. Sábado por la noche, una caja entera de anti depresivos, y para asegurarse el éxito de la macabra empresa, una soga al cuello. La chica de la limpieza se encontró con la estampa dos días después. Nos parecieron suficientes detalles como para indagar más.
Si bien he de reconocer que la noticia pareció afectarlo más de lo que yo hubiera imaginado, mi hermano abandonó la tertulia al rato, y dijo que la vida sigue. Que la gente se muere, que sino no alcanzaría el mundo.







