Mira las etiquetas de los productos que compras.

Mira las etiquetas de los productos que compras. Seguro que la mayoría están hechos en países como China, Bangladesh o Turquía. Seguro, además, que te han costado muy baratos. Piensa en los costes de transporte de toneladas de materia prima desde el país que la produce hasta el país que la manufactura y hasta los países donde se comercializa. ¿Sabes cómo amortizan las grandes corporaciones todo ese gasto? Simple: en los países donde se obtiene la materia prima se pagan sueldos de hambre, en los países donde se manufactura se pagan sueldos de hambre, y en los países donde finalmente se comercializa también se están pagando sueldos de hambre. Todo esto sin tener en cuenta que no se realizan los controles de calidad que los productos y su industralización deben pasar por ley (toxicidad, explotación ambiental, etc.).

Piensa además, que las empresas locales (no es una hipótesis, sino algo que está sucediendo), al verse aplastadas por las grandes corporaciones, se van llevando sus fábricas a esos mismos países, para intentar igualarlas en competitividad. Si esas empresas migran, quienes fueron sus empleados acaban en el paro. Piensa también que si esas empresas no migran y no consiguen ser rentables por no poder igualar los costos de venta de las multinacionales, acaban cerrando, y sus dueños y empleados también acaban en el paro. A este ritmo, acabaremos todos trabajando en las grandes corporaciones, porque no habrá nadie más generando puestos de trabajo, y porque será imposible plantearse un emprendimiento empresarial que pueda competir con estos grandes monstruos de la economía mundial.

Lo más absurdo de todo esto, es que el motor de esas máquinas traga hombres somos nosotros. Existen porque venden, venden porque compramos. Somos nosotros quienes damos de comer a esas empresas que abaratan costos fabricando en países donde sus trabajadores, incluidos niños, trabajan veinte horas diarias por menos de un euro al día. ¿No te parece que se paga un precio muy alto para que las cosas nos cuesten baratas?

En estas fiestas, si vas a comprar regalos, que sean de producción nacional. De comercio justo. De familias que no quieren acabar en el paro. De aquellos que hacen las cosas bien.

Todos somos responsables. Está en nuestras manos.

Palabras

Cristina tiene el poder de alcanzarme con cada una de sus palabras. Cristina siente en voz alta y puede convertir cualquiera de sus conversaciones interminables en un viaje de esas palabras que al salir de su boca se arremolinan en su interminable nariz y caen impetuosas por alguna bufanda de colores estridentes e imposibles texturas, y saltan desde la cinta que ajusta sus pantalones al zapato que les da un puntapié, y las arroja por la ventana de algún balcón maltés al viento caliente de las siestas de verano, que arrastra, entre hojas y polvo viejo, las palabras de Cristina por adoquines rotos y calles sin acabar, soplando hasta alcanzar alturas insospechadas, como la punta inerte de aquel faro y el mástil de los pesqueros que alguna vez llevan cartas, y sin contemplar siquiera la paciencia hacia aquellos nobles navíos, arrojarse las palabras por la proa al mar y planear a veces, nadar también, incesantes por millas de mar bravo e inexplorado, y esquivando buques y lanchas costeras alcanzar a envolverse, zigzagueando, en los maderos que sujetan el pequeño puerto de palos, y trepar por las patas de la silla que traigo hasta aquí cada mañana, Cristina, y sentado en esta silla espero a que tus palabras me alcancen, y me trepen y me envuelvan.

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Juan

Bebemos vino y hacemos el amor completamente borrachos. El ritmo de nuestros cuerpos es lento, como si en ese estado de tambaleante conciencia, el deseo fuese más agradable paulatinamente, entrando y saliendo su amor de mi esencia sin preguntas, sin vergüenzas. Juan toma impulso y yo lo recibo sedienta, mis manos bien sujetas a su espalda mantienen firme mi pecho contra el suyo, para no perderme detalle alguno de sus trayectorias. Es un solo cuerpo temblando al ritmo de una sed que se resiste a cualquier placebo, una sed que sólo concibe el tenerte dentro mío. Me encanta que te muevas así, Juan, no pares. Te lo pido susurrando, te pido así las cosas que quieras escuchar; el resto del tiempo hay una sola mirada en la que no hace falta escribir ninguna palabra. Abrazando tu cuerpo con mis piernas, tus ojos leen el deseo que va y viene por mi lengua, por tus labios, por mi vientre. Así, Juan, sigue así y no pares; cuando hundo mis manos en tu pelo y te pido que no pares, no hay cama ni habitación que nos contenga, el mundo deja de existir y se disuelve en una borrosa figura de dolor y placer. Como si adivinaras la imagen exacta que aparece en mis fantasías, como si lleváramos años encontrándonos por primera vez, no pares, Juan, hasta que mi cuerpo se apague por un segundo, hasta que mi cuerpo muera en un instante ahogado.

Carta

Querido Gustavo:

Tenía la necesidad de escribirte, estuve pensando que tal vez mis palabras ayuden. Aunque no te conozca y puede que nunca lo haga, aunque no vayas a leer lo que te escribo.
Hace un par de semanas estuve hablando de vos con un amigo, hacía ya unos días que no buscaba noticias de tu estado de salúd y mi amigo me contó que las cosas no están bien; me contó que tu situación le recuerda a lo que pasó con su papá.
El papá de Fede, hace ya muchos años, sufrió un accidente cerebro-vascular, y (al igual que a vos) cuando le retiraron los fármacos que lo inducían al coma, no se despertó. Lo llevaron a un centro de recuperación con la esperanza de que sucediera -si se quiere- un milagro, y después de muchos años de espera, falleció.
Me encuentro, entonces, en una situación absurda, porque desde que Fede estableciera la similitud de tu situación actual con la historia de su viejo, yo tengo una angustia clavada en el pecho. Así de cursi y novelero como suena, así es como lo siento. Por que yo tenía la esperanza de que alguien un día me dijera “¡viste, Ro, que se despertó Cerati !” y ahora siento que tal vez eso no vaya a pasar nunca.
Leí en alguna página de apoyo que es una buena idea esuchar tu música aunque sea una vez por día, para mandarte energía positiva, para que sientas que pensamos en vos y te queremos de vuelta. En mi opinión personal, Bocanada es el mejor disco de la historia, las sensaciones que me transmite después de tantos años de escucha ininterrumpida no pueden compararse con las sensaciones de ningúna otra música, de ningún otro músico. Para mi, poner Bocanada y pensar que no voy a escucharte tocarla nunca más es como una puñalada en el medio de esa sensación, una insoportable necesidad de llorar. Llorar por alguien a quién no conozco no parece tener mucho sentido, pero tengo la suerte de no conocer el sentimiento de tristeza provocado por la ausencia de alguien a quien quiero;  lo que me pasa se siente como creo que se sentiría perder a alguien querido, aunque no tenga sentido declararte un amor absurdo.
Tal vea durante toda tu vida fuiste un cretino; tal vez, de haberte conocido, me habrías caído mal y todo esto no me estaría pasando. Pero no te conozco y estoy triste. Igual de triste que cuando mi amiga Nadia me contó que había muerto Peña. Él, que compartió conmigo esos momentos inolvidables en los que yo (espectadora emocionada y férrea) y él (actor extraordinario, voraz, incorruptible) nos encontrábamos en el recinto de un teatro y nos conocíamos más a través del tiempo que duraba cada obra. Las noches prendida a la radio en las que lo escuchaba delirar con la presición de un relojero y bordar minuciosamente cada uno de esos brillantes personajes, las semanas de ansiedad mirando sobre el escritorio la entrada a un nuevo espectáculo, las tardes buscando por las calles de Córdoba el afiche perfecto para arrancar con todo cuidado y después pegar (a pesar de la no aprobación de mi hermano) en alguna pared de casa… Todas esas sensaciones, esos momentos personales entre él y yo ya no volverían. Peña era uno de mis favoritos y ya no está. Pero vos sí, vos todavía estás ahí.
Tal vez, si todo esto pasa y te despertás y seguís viviendo y siendo el artista luminoso y mágico que has sabido ser a través de los tiempos, tampoco tenga la oportunidad de conocerte. O quizás te conozca y descubra que sí sos un cretino, pero lo prefiero y no me importa. Sé todo lo que cretino que quieras, pero por favor no te vayas.


Una historia de amor – J

J apareció en el momento más hippie de mi vida, en el que me dedicaba a arrastrar un pantalón de lino rojo por las calles de Lavapies, el guetto de Madrid, el punto de reunión de todos los inmigrantes, extranjeros y españoles bolcheviques que dedican sus días a dormir y sus noches a tocar la guitarra, tomar cerveza y fumar porros sin mesura, como si el mundo fuera a acabarse al salir el sol.

En mis primeros meses en Madrid salíamos todas las noches con Audrey, mi compañera de piso francesa, quién me presentó a sus amigos, un eterno montón de dementes que se juntaba siempre en el mismo banco (mejor conocido como “La Banca”) a cantar hasta que los vecinos se cansaban de los alaridos y tiraban baldazos de agua fría por sus ventanas (de los cuales uno, una vez, llegó a alcanzarme y dejarme sopa).

¡Oh, qué hippies éramos y que poco nos importaba el talle del pantalón y la limpieza del pelo, qué preocupados estábamos por la despenalización de la marihuana, la legalización de la okupación y las manifestaciones por los derechos de las mujeres! ¡Qué ideales, qué valores, qué futuro le esperaba a las generaciones que nos sucederían! Aunque el alcohol hubiera matádonos mediante violenta cirrosis, igual se habría luchado, todos los grandes mueren jóvenes y nosotros íbamos a cambiar el mundo. Aunque sería correcto hablar en pasado sólo de mi persona, y es que el resto de los habitantes de ese mundo sigue siendo y haciendo lo mismo y la que siguió un camino distinto fui yo; aunque hay historias que, involuntariamente, se arrastran.

Con J nos cruzamos una noche en la plaza de Lavapies y en un momento de mi vida en el que algunos amigos habían logrado convencerme de que el atractivo físico no lo es todo en esta vida, y habían conseguido convencerme también de que si un hombre no me gusta físicamente, tenía que darme/le la oportunidad de conocerlo mejor, porque dentro de ese cuerpo sin mayores atractivos podía estar escondida mi media naranja; y yo que siempre ando buscando el amor -aunque me avergüence reconocerme una proyección de la auténtica mujer en busca de cariño allí donde pueda haberlo- tenía las puertas del corazón abiertas. Y en ese momento exacto apareció este mexicano desorientado entre tanto porrón y hachís y que, con la excusa de un pseudo ataque a los argentinos que disfrazados de instructores de esquí invaden el mundo y se llevan las mejores mujeres, se quedó hablando conmigo. Mientras cada noche yo (y de la manera más cursi) revivía mis raíces cantando “Carpas de Salta” siempre que un compatriota cordobés agarraba la guitarra y hacía la gauchada de entonarme los acordes, J pasaba por donde estábamos e intentaba sacarme tema de conversación e insistió hasta que le dí, si mal no recuerdo, mi email, y finalmente quedamos para tomar algo. J no me gustaba, pero me parecía gracioso y ahí empezó todo.

Llegó a nuestra primera cita en una terraza de plaza Santa Ana con dos libros chiquitos y uno más grande, los tres en los bolsillos del pantalón, que había sacado de no se dónde para regalarme y que tengo todavía por ahí. Hablamos un rato, tomamos algo y me acompañó a la puerta de casa. No recuerdo si fue después de la segunda cita, la cual, de haber existido, tampoco recuerdo como fue, que terminamos en mi casa y entonces sucedió lo inevitable… no sólo el amor no tocaría las puertas de mi corazón, ni había encontrado mi media naranja ni podría darle la razón a mis amigos sino que además, pasé una de las peores noches de sexo de mi vida. Podría dar detalles pero creo que hasta me da vergüenza. Vamos a dejarlo en que a la mañana siguiente tuve casi que echarlo, porque lo veía decidido a pasar en mi little room el resto de la eternidad y fue entonces que comprendí que yo no era tan hippie como pretendía ser, que los demás podrían decir lo que quisieran pero que la atracción física SÍ importa, y principalmente, entendí que tenía que sacarme a J de encima.

Habiendo aún acontecido lo fatídicamente sucedido, unos días después sucedió algo aún más fatídico y es que al serme imposible inventar excusas válidas para evitarlo, volvimos a vernos y me dijo todo aquello por lo que yo hubiera renunciado a cualquier corona con tal de no escuchar: que yo era lo mejor que le había pasado en los dos años que llevaba en España, que ese era su mejor verano, que ahora él sabía “que yo existía”, que se sentía realizado y feliz porque “yo” había llegado a su vida y una gran sarta de las cosas más absurdas que se le pueden decir a una persona con la que tuviste tu primer conversación coherente hace menos de 72 horas. J se declaró enamorado sin apenas conocerme y yo quería que lo tragara la tierra (a él, claro) y se lo llevara bien lejos.

Me tocó experimentar, entonces, eso que le pasa a algunos hombres cuando algunas mujeres nos enamoramos sin apenas conocerlos: les reventamos el teléfono a llamadas y mensajes justificándonos con los archi utilizados: “tal vez no tiene crédito”, “seguro que no escuchó el teléfono” y “no debe tener señal”, y nos aparecemos por su laburo y en los lugares que frecuenta y le hablamos por messenger y le mandamos zumbidos y le reenviamos todas las cadenas y también unos cuantos  mails y lo agregamos a facebook, al fotolog, a flickr, a twitter y a la cuenta de youtube y le mandamos fotos y videos y canciones y poemas y dibujos y lo invitamos a conciertos y a exposiciones y a cines y a obras de teatro hasta que al pobre sujeto no le quedan más opciones que mandarnos al mismísimo carajo. Así, pero sufrido en carne propia: todo lo que había podido ocurrírsele para “reconquistarme”. Claro que, lejos de funcionarle la estrategia, consiguió convertirse en un insufrible dolor de huevos. Hasta el día de hoy, habiendo pasado casi tres años desde entonces, pega eventualmente el pobre hombre inservibles manotazos de ahogado. Aunque debo reconocer que lleva varios meses sin aparecer, pero no quiero cantar victoria… a los sufridores nos encanta reincidir.

la ley de la calle

en españa hay tres tipos de policías: los locales, los nacionales y la guardia civil. los locales juegan como figurantes, en teoría no tienen permiso para llevar armas, ni para detenerte, son funcionarios con uniforme. los nacionales, en cambio, son policías de verdad, los de siempre. y la guardia civil es el cuerpo más grosso, el que más peso tiene, a los que hay que tenerle más miedo. el otro día, estos últimos me pararon.en mi afán de hacer deporte me subo a la bici (que me traje empaquetadita en el avión) y me pierdo por una carretera que en este momento de la temporada suele estar bastante transitada por ser la única que lleva a las salinas, una playa hermosa y extensa con el agua celeste y las arenas blancas, hasta donde llego y en cuya punta, desde un paredón, me siento a descansar, observar el paisaje y meditar sobre la longevidad del cangrejo.
uniformada como siempre: short lo más corto posible, el top de la bikini, mis nike negras, aceite factor 15 embadurnándome el cuerpo y el ipod en el brazo, como los deportistas, en su funda de neoprene; así me voy un par de veces a la semana escuchando alguna exquisita selección de música potente, como para animar el momento y mantener buen ritmo de pedaleo. y el viernes, de camino a las salinas, me crucé de frente con un auto de la guardia civil.

no era la primera vez que me los cruzaba, y siempre supuse que ir en una bici con la música al palo no era lo más civilmente correcto, ya que no escucho una papa de lo que sucede a mi alrededor, pero nunca en estos cuatro meses me pararon ni me dijeron nada, así que seguí de largo sin preocupaciones; hasta que unos minutos después el mismo auto (que al verme habría dado la vuelta) pasó por al lado mío, paró más adelante y uno de los guardias que bajaba del vehículo, haciéndome señas con la mano, me indicó que parara. yo miré para todos lados pretendiendo no entender por qué habrían de pararme a mi, la deportista, y me acerqué al oficial empezando ya a poner mi mejor cara de sorpresa.

lo bueno de andar en bici es que con el viento el calor no se siente y va una muy fresca; lo malo es que en cuanto se desciende del vehículo y no hay más aire golpeando el cuerpo, este mismo comienza a sudar, ahora en verano de forma estrepitosa y violenta. creo que le debo a hawaiian tropic la virginidad de mis antecedentes de tránsito.

sorprendidísima, mientras me quitaba los cascos y los guardaba en un estuche de la bici donde llevo, entre otras cosas, el dni, me dispuse a escuchar el por qué del stop mientras me auto convencía internamente de mi inocente ignorancia respecto de lo que se me estaba informando:
“¿sabe usted que no puede ir escuchando música en bicicleta y mucho menos por una carretera? ¿sabe que la broma podría suponerle una multa de 150€? imagínese usted que viene un coche detrás y le pita, usted no lo escucha y le pasa por encima, ¿entonces que hacemos?”
“no no, claro, la verdad es que tiene razón, no lo había pensado nunca así, claro que tiene razón, no sabía que estaba prohibido pero por supuesto que ahora que lo sé no lo volveré hacer, no se preocupe que no habrá próxima vez, no se volverá a repetir, claro que no, no tiene usted que preocuparse”.

habíamos llegado a un acuerdo y estaba yéndose ya el hombre pero se vuelve sobre sus pasos: “no tendrá usted ahí su dni, ¿no? porque sino le tomaba los datos, por si la volvemos a ver” (aquí, momento de astucia argentina, que después califiqué de estúpido ya que por no llevar identificación también me pueden multar) “no, no lo tengo conmigo ahora, es que no tengo donde ponerlo, pero no se preocupe que no va a volver a pasar, no me va a volver a ver con los cascos” “vale, perfecto, vaya con cuidado” “sí, claro, gracias, gracias, hasta luego, gracias”.

dice una amiga que si yo fuese hombre ya estaría pagando la multa, ya que (dice siempre otro amigo) “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”.
casi, otra vez casi. creo que la música sobre pedales va a terminar acabando conmigo…

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el segundo accidente más absurdo de mi vida

debo aclarar que soy una persona que no sólo casi no se ha accidentado en la vida, sino que además mis accidentes han sido, los pocos ellos, absurdos. aunque podría considerarse como tal, creo que clavarme un plumín cargado de tinta china en cuarto grado del colegio no llega a calificar como accidente, y como no puedo completar la historia mostrando el punto azuláceo que me quedó en el dedo (¡mi primer tatuaje!), queda descartado. nos remitimos, entonces, a dos.
el primer accidente más absurdo de mi vida fue hace unos ocho años, en mi tierna adolescencia, cuando estaba de novia con el negro. un día nos prestaron una moto de enduro y nos fuimos a dar vueltas, y en una de esas vueltas, andando por la parte empinada de una bicisenda recién asfaltada, la rueda de adelante patinó y nos deslizamos, la moto, el negro y yo, sobre mi espalda unos cuantos metros. el resultado fue un pantalón, una remera y mi espalda llenos de alquitrán, el alquitrán metido en medio de todos los raspones de la espalda y algún que otro moretón. lo cierto es que vuestra interlocutora es una cagona, y se asustó y lloró como la niña que era, y nunca le contó a su mamá lo sucedido porque sino ardía troya, y no estaba el horno para bollos. hasta ahí el primero.
el segundo accidente más absurdo de mi vida tuvo lugar el lunes pasado. acabado el día de trabajo, me subí a mi bici y, como soy muy pilla, aceleré (aunque no estoy segura de que en una bici se acelere). la cosa es que venía yo rápido, y con el ipod en la mano porque la mala costumbre de auto-ponerse en pausa había comenzado a convertirse en una mala y muy frecuente costumbre, y en algún momento de todo esto me distraje, y decidí (muy mal decidido) frenar. y clavé los frenos. y el freno de adelante de mi bici está super ajustado. y ahí fuimos el ipod, los cascos, la mochila y yo, todos a aterrizar de modo rotundo en el asfalto, y la bici por atrás. en ese momento, el pensamiento que cruzó mi cabeza fue “me destrolo”. y me destrolé.
ahora que lo pienso, es probable que mi conciencia se haya perdido durante uno o dos segundos en los que me quedé tirada como una muñeca de trapo, con la bici encima, hasta que un chico liberóme de mi prisión y me preguntaba cómo estaba, sin poder responder yo nada de eso, y llevóme unos minutos darme cuenta de que me había estampado en el medio de la calle casi por decisión propia, porque no había tenido necesidad alguna de frenar, ni mucho menos tan brutalmente. si me lo propongo, puedo recordar el momento en el que mi cabeza golpeaba el suelo, sentir el rebote y el olor al asfalto, a la gasolina, al desastre. en fin.
el recuento de daños se resume a un corte en el puño izquierdo, un raspón feo en la palma derecha, un bollo importante en una ceja, otros raspones en un codo y la pierna derecha y un golpe muy bonito en la pierna izquierda que me tuvo medio coja durante dos días. y un buen susto, claro.
aparentemente ésta fue la semana de los porrazos porque a una amiga antes de ayer la interceptó una bici y a un ex compañero de trabajo que iba en moto se le interceptó un muro y se estampó igual que yo. debe ser la luna. o la crisis. o la gripe A. eso.
ah, dos cosita más.

1) mi ipod ha muerto

2) ME TIENEN PODRIDA CON MICHAEL JACKSON

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